Lo del canon no lo entiende ni un niño

Es cierto que mi sobrina, a sus ocho años de edad y entendimiento, ha apuntado ya unas cuantas veces a lo rebelde de su pequeña persona. No se queda en decirle a su padre que si las verduras son tan buenas ya se las puede ir comiendo él mismo.

A los seis años y excusándome porque aplazábamos una visita al planetario ya que yo debía acudir a una entrevista de trabajo, me preguntó a cuántos jefes iba a entrevistar antes de elegir mi próximo empleo. Cuando le expliqué que el jefe me elegiría a mí se quedó perpleja y dijo algo así como: —Yo pensaba que ya que tú tienes que hacer el trabajo eres tú quien debe escoger. Estoy totalmente de acuerdo con ella: ya que hay que dedicarle la mitad de la vida en vigilia y, posiblemente, por un sueldo al gusto del empresario, qué menos que le permitan a una decidir a quién va a beneficiar con su experiencia de al menos 2 años, sus conocimientos de idiomas, informáticos, su licenciatura, diploma o máster, su disponibilidad para desplazarse, etc.

Hace sólo un mes, Mr. Louve y yo se la robamos a sus padres para ir a la Feria del Libro sita en el Retiro. La sobrina se entretuvo durante el viaje en el metro contando chistes —pidiendo disculpas de antemano si el chiste incluía alguna palabra malsonante—, cantando y bailando. En algún momento comentamos que debíamos haber ido preparados con tickets impresos para el espectáculo que la niña estaba dando. A esto respondió que ella lo hacía por placer. Mr. Louve puso entonces como ejemplo a cualquier cantante: —Un artista— volvió a insistir ella —es feliz cantando o bailando o lo que quiera que haga. Para qué pagarles si ya tienen mucha suerte: hacen lo que más les gusta y son famosos.


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